Cinco sitios que ver en Luxemburgo

En nuestro apartado de recomendaciones hoy os invito a conocer el blog de Tania Domínguez, una alicantina con mucho flow que nos enseña una ciudad bastante desconocida como es Luxemburgo y nos invita a visitar varios lugares interesantes si pasamos por ella. La foto que acompaña a esta noticia es suya y para visitar el artículo de Luxemburgo basta con pinchar aquí =)

Hoy conocemos: Bali y las Islas Gili (Indonesia)

Después de una fascinante experiencia en Yogyakarta mis dos amigos y yo volamos hasta la isla de Bali para sumergirnos en una cultura totalmente distinta a la de las islas de Indonesia, aunque sin salir del país. Y es que cuando hablamos de Bali lo hacemos sobre un territorio hinduista en un país de aplastante mayoría musulmana. Los velos y las mezquitas aquí dejan paso a las estatuas gigantes de Shiva, Brahmá y Visnú, a los que miles de balineses realizan ofrendas a diario.

Cuando llegamos al aeropuerto de Despansar (la principal ciudad de la isla de Bali) nuestra primera aventura fue, lógicamente, encontrar un medio de transporte hasta Ubud, la ciudad donde teníamos el hotel. Los taxis eran demasiado caros así que optamos por mirar en Grab y en Uber, las otras dos principales plataformas de transporte en esta zona de Indonesia. Contratamos a un señor que nos ofreció un buen precio y nos advirtió de que el viaje sería largo (olvidaros de las autovías, aquí casi nunca vamos a recorrer más de 50-60 kms/h). Eso sí, cuando vio que el sitio estaba más escondido de lo que todos pensamos (nos dijo que tardaríamos 2h y al final tardamos dos y media) nos pidió más dinero, a lo que le respondimos que él había sido el que había propuesto la tarifa a través de la aplicación. Al final le dimos propina porque creímos necesario hacerlo, ya que el sitio estaba bastante escondido (no recuerdo el precio que nos cobró, pero la propina fue de 30.000 rupias).

En ese primer día en Ubud mis compañeros decidieron visitar el Monkey Forest, un parque natural dedicado a los monos. Allí hay cientos de primates a los que “no puedes dar de comer”, pero también hay tiendas de plátanos para gente que compra plátanos. Y si estás en el Monkey Forest y tienes plátanos solo hay dos opciones: o es para dárselos a los monos o te los acabarán robando. Aconsejo tener mucho cuidado con estos bonitos y simpáticos monitos. Algunos de ellos muerden (y sé bien de lo que hablo). Aunque yo no entré al parque porque decidí hacer turismo por la ciudad, interactué con los monos a la entrada y, además de morder, los vi intentando robar un coche (si no lo creéis mirad la siguiente foto).

IMG_20170707_161356[1]60 segundos (versión mona)

En la ciudad de Ubud, con un marcado clima tropical, descansan muchos turistas y si te la recorres te darás cuenta de que está llena de tiendas para turistas (centros de masajes, tiendas de bisutería, galerías de arte, restaurantes, etc). Sobre los monos del Monkey Forest hacer una puntualización para que nadie se asuste: si no te acercas mucho no corres ningún peligro. Y, según un usuario de Tripadvisor, todos están correctamente vacunados así que si acaso te muerden será muy extraño que cojas la rabia, aunque mejor no arriesgar. Cuando mis compis salieron del Monkey Forest y me recordaron que es necesario tener mucho cuidado con los monitos, paseamos por varias agencias de viaje para comparar los precios de la ruta que queríamos hacer el día siguiente.

Nuestra idea era (y así terminó siendo) visitar primero el Pura Taman Ayun, un templo hinduista del siglo XVIII al que viajamos en el coche de “Potú”, un conductor de 21 años que era majísimo y que (al ser aquella la cultura que es) ya estaba casado con la mujer que sus padres habían elegido para él, además de tener un hijo.

Nuestra segunda parada fue en el Pura Ulun Danu, también conocido como el “Templo del Lago”. En este tramo del viaje llovió como no os podéis imaginar y vimos a un chico darse un estrepitoso golpe al resbalarse en el suelo. La cosa es seria: el chaval perdió la respiración y vino una ambulancia lo más rápido que pudo. No sé qué pasaría con él, pero ojalá esté bien. Tras presenciar este desafortunado accidente, pasamos a un templo en el que además de figuras y jardines maravillosos tuvimos la suerte de que estaban celebrando un ritual hinduista ese mismo día. Quizá el primer templo es algo más “discreto”, pero si pasáis por Bali tenéis que disfrutar del Pura Ulun Danu sí o sí. Hacedme caso.

Celebración BaliEstas simpáticas jóvenes habían ido a celebrar su rito hinduista y no tuvieron inconveniente en fotografiarse con nosotros

Tras esta visita (y la parada en un restaurante local, en el que invitamos a comer a Potú por lo bien que nos estaba tratando) hicimos escala en las cataratas Gid-Gid (muchísimos niños trabajaban allí vendiendo baratijas porque sus padres les pedían que lo hicieran, otra cultura). Lo mejor para erradicar el trabajo infantil es intentar evitar caer en el chantaje emocional que te plantean los padres de estos muchachos, que no tengo muy claro si tendrán la suerte de ir a clase o no hacerlo en un país tan pobre como Indonesia.

Después de las cataratas Gid-Gid acabamos el día en Pura Tanah Lot, otro templo hindú situado junto al mar en el que se pueden presenciar los atardeceres más hermosos de la isla de Bali. Nosotros llegamos un poco tarde, vimos atardecer desde el coche y cuando llegamos al templo ya era de noche y estaba cerrado. No obstante, tuvimos algo de suerte porque había una feria y aquello estaba lleno de gente (y por ser feria aparcar era gratis, así que nos ahorramos unas cuantas rupias).

Potú en Tanah Lot
Selfie con Potú en Tanah Lot

Al día siguiente varios amigos españoles se unieron a la aventura después de haberles contado maravillas sobre Potú, nuestro simpático conductor y compañero de viaje indonesio. En esta ocasión nuestra primera parada tuvo lugar en los campos de arroz de Tegallang, donde tuvimos la oportunidad de ver cómo trabaja la gente en los arrozales de Indonesia bajo una lluvia que no nos dio tregua en ningún momento. De allí fuimos al Tirta Empul Teegunan Goa Gajah, un templo al aire libre al que peregrinan miles de creyentes hindúes para realizar sus oraciones y bañarse en unas fuentes purificadas a las que nosotros también accedimos. Lógicamente todo lo que hicimos fue respetando sus creencias y costumbres, pues a nosotros tampoco nos gustaría que nadie viniera a España y (por ejemplo) ofendiera a los creyentes en Semana Santa. El caso es que, por poner el ejemplo más significativo, todo el recorrido había que hacerlo con una manta que nos tapase los pies ya que, al tener la temperatura que teníamos, todos habíamos optado por llevar pantalón corto.

TellagalangListos para ir a recoger un poco de arroz

No obstante, el templo más grande e importante -a pesar de que aquel día no tenía muchos visitantes- era el de Pura Besakih, también llamado ‘el templo madre’. Esta prodigiosa construcción data del s.VIII y las vistas son espectaculares. A las pagodas y a las ofrendas a los dioses ya estábamos acostumbrados, pero está situado en una especie de montaña que -si además tienes la suerte de que no haya demasiada gente alrededor- terminará convirtiendo tu experiencia en algo místico.

El día 4 era el elegido para coger un barco rumbo a las Islas Gili. Insisto en que Indonesia es un país pobre y seguramente por eso los transportes funcionan como funcionan en Europa. Potú nos recogió puntual y nos dejó en el puerto a las 09:00 (hora prevista para la salida), pero allí estuvimos dos horas de brazos cruzados esperando a que el barco se llenara. Además había que canjear nuestras reservas por billetes y eso conllevaba un gasto extra de 60.000 rupias (4 euros). Mis amigos estaban ordenando nuestras pertenencias y allí estaba yo: en una oficina llena de indonesios, buscando rupias para pagar a un señor que no iba a darme los billetes del barco por mucho que yo le explicara que en la agencia de viajes nos habían contado que en el precio pagado anteriormente ya estaba “todo incluido”. Debo de decir que el viaje de ida en un barco pequeño y mal ventilado fue maravilloso en comparación con el viaje de vuelta.

La cuestión es que una vez que llegas a Gili Tragawan se te olvidan todos los problemas. Aquella isla paradisíaca es la más grande de las tres Islas Gili y en ella se concentran casi todos los negocios. No tardamos en dejar nuestras pertenencias en el hotel que habíamos reservado previamente y ponernos a buscar una excursión para hacer snorkel a buen precio. No fue difícil encontrarla. Salía a media tarde e incluía tres inmersiones y una parada para descansar en Gili Air (otra de las Gili Islands). Debo decir que a mí nadar no se me da demasiado bien y que iba bastante asustado, pero toda embarcación va cargada de chalecos salvavidas para niños y gente como yo, que le tiene respeto al agua, por lo que la experiencia no pudo ser más placentera. Las Islas Gili son uno de los mejores lugares del planeta para hacer snorkel y la cantidad de peces que vimos de todas formas y colores fue alucinante. Fue, para que nos entendamos, como estar viviendo en el mar de Buscando a Nemo. También vimos una tortuga gigante, algo carasterístico en estas aguas del Pacífico. Según me han contado en Filipinas se pueden vivir experiencias aún mejores bajo el agua, pero al no ser demasiado fan de los deportes acuáticos mi sesión de snorkel en las Gili ha sido la mejor experiencia de mi vida bajo el mar.

Por la noche paseamos junto al mar (hay un cine al aire libre que hace las delicias de los turistas y en el que proyectan películas recién estrenadas) y salí de fiesta junto a un par de chicas: una de Indonesia y otra de Jamaica. Casi toda la población de allí es gente joven, por lo que no tendrás ninguna dificultad para encontrar un lugar donde bailar y pasarlo bien. Me sorprendió especialmente que muchos chavales me ofrecieron “mushrooms” (setas alucinógenas), que yo tuve que rechazar amablemente.

En nuestro segundo día en la isla alquilamos unas bicis y nos fuimos a descubrir cómo era la vida en Gili Trawagan. Conocimos a gente muy simpática y no nos costó nada adaptarnos al ritmo de vida de un lugar en el que no hay coches (los únicos caminos existentes están hechos para ser recorridos a pie, en bici o a caballo). La puesta de sol fue… No tengo palabras. Una de esas de postal, de las que te reconcilian con el mundo. No pudo haber un final mejor para un día en el que, como era habitual también en aquellas tierras, todas las discotecas pinchaban el ‘Despacito’ de Luis Fonsi.

IMG_20170712_101341[1]En Gili Meno puedes disfrutar haciendo cosas relajantes o, simplemente, no hacer nada.

El último día también comenzó genial, pero terminó siendo el más accidentado. Visitamos la única isla que no habíamos visto, Gili Meno, y quedamos maravillados porque era la más paradisíaca de las tres. ¿Por qué? Muy sencillo: era la que menos gente tenía. Para relajarte cualquier isla de las tres está bien pero si una de ellas está semivacía, mejor aún ¿no? Paseamos por allí alrededor de hora y media, vimos un lagarto enorme, varias granjas, comprobamos que los resorts no eran nada caros y nos bañamos en la playa todo lo que quisimos hasta que llegó la hora de tomar el barco de vuelta a Gili Trawagan. Esa noche teníamos comprado el vuelo de Bali a Singapur pero estábamos destinados a perderlo. ¿El por qué? Eso ya es otra historia.

Conclusión: Bali bien merece una visita porque al ser una isla cuya religión mayoritaria es el hinduismo parecerá que estás en un país diferente a Indonesia. Templos como el Pura Ulun Danu o el Pura Besakih son una maravilla y los precios son bastante asequibles. Llegar hasta las Islas Gili es toda una aventura pero si lo que os apetece es descansar junto a playas de ensueño merece la pena vivirla. El fondo marino está lleno de sorpresas, no dudes en descubrirlas apuntándote a la excursión de snorkel que más te apetezca. El atardecer desde Gili Trawagan es uno de los más maravillosos del mundo. Podrás olvidar tus preocupaciones y sentir la paz más absoluta. Solo por eso vale mucho la pena perderse en estas tres islas en las que las carreteras no existen.

Próximo destino: Málaga (España)

Hoy: Reflexión

¿Alguna vez te ha pasado que ves un lugar tan bonito que te deja sin respiración? Literalmente. Que sientas una felicidad tan plena que hasta te cueste respirar por lo impresionante que es todo lo que te rodea. Eso me pasó a mí en las Islas Gili. Fui con dos amigos a dar una vuelta en bici por una de las islas, las dejamos aparcadas junto a la arena (confiando en que no les pasaría nada y así fue) para posteriormente ver la puesta de sol más bonita que he visto en mi vida. El sol se escondía frente a mí, dibujando un circulo cromático de colores a mi alrededor que parecía sacado del mejor de mis sueños. Aire puro en mis pulmones, una buena conversación y la sensación de que no tenía que preocuparme de nada. Solo por eso mereció la pena el viaje a Gili Trawagan que compartiré con vosotros el próximo lunes.

Próximo destino: Indonesia Parte II (Bali y las Islas Gili)

Hoy conocemos: Java (Indonesia)

Indonesia es uno de esos países que no olvidas fácilmente. Lógicamente, además de un visado que es gratuito, necesitas pasar allí varios días para sacarle provecho a un país que nunca terminarás de conocer del todo puesto que está integrado por más de 17.000 islas.

Pero si vas por primera vez esta guía te puede servir para disfrutar y mucho de tus primeros diez días en este enorme país del sudeste asiático. Dividiré este post en dos: en el primero explicaré mi experiencia en Yogyakarta (la ciudad más interesante de la Isla de Java) y en el segundo -a vuestra disposición el próximo lunes- os contaré qué hacer si visitáis Bali y las Islas Gili, los dos lugares más frecuentados por los turistas que visitan el país.

Si viajas desde Europa como es mi caso lo más seguro es que entres a Indonesia por el Aeropuerto Sukarno de Yakarta. La capital del país no tiene demasiado que ofrecer más allá del sufrimiento que supone estar inmerso en una de las ciudades con peor tráfico del mundo. En Yakarta, esto lo detallaré un poco más en el próximo post, casi todo el mundo se mueve en coche y no hay semáforos así que te harás una idea de lo que es el tráfico nada más llegar, pues en ir desde el Aeropuerto al centro de la ciudad (30 kms aproximadamente) se tarda alrededor de dos horas.

Pues bien, mis dos compañeros de viaje y yo ‘saltamos’ de Yakarta a Yogyakarta sin salir del citado Aeropuerto de Sukarno. A Yogyakarta la llaman ‘el alma de Indonesia’ y no sin razón, pues allí puedes conocer como vive la gente de aquel país (bastante pobre) pero, sobre todo, disfrutar de su amabilidad.

La moneda del país (la Rupia indonesia) está bastante devaluada y si comparas el precio de los productos en Yogyakarta con lo que tendrías que pagar en euros te dará la sensación de que todo “está tirao”. Todo producto es regateable en esta región, sobre todo si hablamos de cantidades superiores a las 100.000 rupias (unos 7 euros al cambio), pero cuidado: una cosa es querer regatear para pagar lo mismo que pagaría un ciudadano local y otra cosa es apretar tanto que termines esclavizando a personas que son encantadoras. Os recomiendo mucho sentido común y pensad que por pagar 10 o 20.000 rupias más (1,33 al cambio) no os vais a arruinar y eso en Indonesia es bastante dinero.

Digo esto porque nada más bajar del avión a la hora de tomar un taxi en el Aeropuerto de Yogyakarta lo primero que aprendí fue a regatear. Los taxis nos ofrecían un precio que creíamos que era demasiado elevado y estuvimos hablando con varios hasta que encontramos uno que creímos razonable. No recuerdo si a ese, nuestro primer taxista, le dejamos propina pero a partir de entonces se convirtió en una constante. Si te tratan bien y cumplen con su trabajo de forma maravillosa recuerda lo dicho arriba: 20.000 rupias para nosotros no es nada y para ellos es bastante.

Nos alojamos en el Ngampilan Backpacker Hostel, un hotel/albergue en el que María (la propietaria del mismo) nos trató de manera excelente. Para empezar nos adaptó la habitación a lo que nosotros queríamos (un cuarto tranquilo con dos literas y una cama individuales). No compartimos habitación con nadie porque lo podríamos haber hecho y no creo que hubiera problema pero claro, haciendo todos los viajes que teníamos pensado hacer era mejor vivir a nuestro aire (poniendo despertador y echando luces muchas veces a las 3 o a las 4 de la mañana) que compartir room con otra gente a la que podíamos molestar. Además de que la habitación estaba muy bien -con su ventilador para evitar que entraran mosquitos, enchufes y muy buen wifi- María nos preparaba un delicioso sandwich todas las mañanas, nuestro desayuno incluido en el precio (3,50E la noche). Por si fuera poco teníamos agua embotellada gratis (cuidado con el agua del grifo por cualquier país del sudeste asiático) y su hija Tetah, de unos 4-5 años, era un sol. El marido casi siempre estaba allí en la recepción viendo la tele, pero no tenía apenas relación con los clientes.

Al llegar a Yogyakarta “comimos” (va entre comillas porque yo fui el único que no comí ya que Emirates me ofreció comida abundante en mi vuelo hasta Yakarta) y nos dirigimos hacia nuestro primer destino: el templo de Prambanan. Este templo al aire libre, en las afueras de Yogyakarta, es una auténtica joya arquitectónica, construida en el s. IX. Para encontrar un conductor que nos llevara allí vivimos una aventura un tanto particular, que os cuento a continuación. En el centro de la ciudad encontramos a un guía que sabía hablar español perfectamente. Le dijimos que si nos podía llevar y nos remitió a otro señor, de unos 60-70 años, que no tenía ni pajolera idea de inglés. Y por supuesto tampoco sabía español. Solo repetía una palabra: Batik. Supuestamente ese señor nos iba a llevar a la casa de un conductor profesional que nos llevaría hasta Prambanan, pero ¿sabéis lo que nos respondía cada vez que le hacíamos una pregunta? ¡Batik! Nosotros nos moríamos de la risa, no entendíamos nada de todo aquello y no estábamos seguros de si íbamos a llegar a nuestro destino porque cada vez que abría la boca era para repetir: ¡Batik, batik, batik! Al final terminamos llegando a un vecindario en el que nos presentó al que sería nuestro conductor hasta Prambanan y en el que ¡¡al fin descubrimos lo que significaba Batik!! (es una técnica que consiste en aplicar cera a ciertas zonas de un tejido de forma que no permita que la tinta penetre durante los baños de teñido). Dicho de manera más vulgar, ¡¡una manera de hacer cuadros!! Nos intentó vender un ‘batik’ a cada uno, pero nosotros estábamos allí para ir al Prambanan y eso que hicimos. Una vez que llegamos allí… guau (lo mejor es mirar las fotos).

IMG_20170704_124330Retrato a la entrada de Prambanan (los templos se pueden apreciar al fondo)

En Indonesia los turistas europeos somos muy exóticos. La gente nos mira con auténtica veneración, nos sonríe y que no te extrañe si te piden una foto. Por ahí leí que en este tipo de sitios te sientes “como si fueras un famoso”. Es verdad. Conocimos a una pareja de españoles (chico/chica) que nos contó que cada 5 minutos se tenían que sacar una foto con gente local. Es decir, si sois una pareja y vais allí de vacaciones/luna de miel no os extrañe sentiros como Brad Pitt y Angelina Jolie. Saldréis del Prambanan maravillados por los templos y con la autoestima por las nubes. Además, en la salida hay una especie de mercadillo con miles de souvenirs a precios irrisorios (no los detallo por aquí porque la gente a la que le he regalado un llavero pensará que vaya morro que tengo jejeje).

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Posando junto a uno de los templos con mi inseparable camiseta de Batman

Cuando volvimos a Yogyakarta le pedimos a nuestro conductor presupuesto para que nos llevara a Borobudur al día siguiente, pero nos contó que no dependía de él y que teníamos que negociarlo con ‘el boss’. Eso que hicimos. Nos llevó a la casa de un joven y simpático empresario indonesio que, además de Batiks, vendía viajes organizados a los turistas. Regateamos lo que pudimos para que nuestro querido Tuk-Tuk (el conductor) nos llevara al día siguiente a Borobudur a un buen precio. Y quizá os estéis preguntando: ¿qué es eso de Borobudur? ¿Merece la pena? El Borobudur es el templo budista más grande del mundo. Lo componen más de 2000 paneles de relieve con figuras minuciosamente talladas y unas 500 figuras de Buda. Desde allí puedes contemplar uno de los amaneceres más bonitos del mundo. El lugar es una pasada, de las cosas que más vas a disfrutar de Indonesia con total seguridad. Nosotros nos levantamos a las 03:00 y al llegar allí sobre las 04 teníamos dos opciones: o bien pagar para entrar al recinto (creo que eran 400.000 rupias, una cantidad bastante alta) o ver amanecer desde una montaña que había al lado, con vistas similares y luego entrar al recinto (es más barato si accedes después de las siete de la mañana). Finalmente tomamos la (acertada) decisión de arriesgarnos y pagar. Mereció la pena. En el hall de entrada había dos empleados muy amables que nos vendieron las entradas ante la mirada de otro chaval joven que no estaba trabajando porque era el jefe de todo aquello. Le dijimos de buen rollo que era un poco caro y él nos respondió que merecía la pena. Llevaba razón. Cuando le dijimos que eramos españoles nos habló de lo mismo que te hablan casi todos los indonesios al decir tu procedencia: de fútbol. Su jugador favorito era “Fernando Towers”, por lo que imaginamos que se alegraba con cada victoria del Atleti. En el precio de la entrada iba incluido un pequeño regalo (una linterna) y un desayuno en un lugar maravilloso (a los pies del templo), pero de poca calidad. Por suerte, para contrarrestar el mal desayuno que nos ofrecieron he de decir que iba bien equipado con un batido de chocolate de una marca que no recuerdo, pero el envase era amarillo y durante nuestra estancia allí compramos más de uno y de dos litros del rico batido.

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Camino que lleva hasta la escalera principal del Templo de Borobudur

Una vez que acabamos nuestra visita a Borobudur le dijimos a Tuk-Tuk que queríamos ir al Volcán Merapi, que estaba más o menos cerca, pero nos comentó que eso no iba incluido en el precio. Hubo que negociar con él un ‘extra’ a espaldas del jefe, al que le diría que lo tuvimos toda la mañana esperando en la puerta del templo. Los conductores en Indonesia son muy apañaos, no hay maldad ninguna en ellos y conducen muy bien en comparación con el resto de compatriotas que los rodean, que llevan sus coches y sus motos como si aquello fuera la jungla.

Pues bien, al llegar al Monte Merapi comprobamos que aquello lo habían convertido en una especie de parque temático. A pocos metros del monte había un puesto donde te ofertaban varios recorridos en 4×4 a precios -una vez más- muy razonables. Nuestro recorrido (el corto, de 1h aproximadamente) incluía paradas en una especie de museo en el que podías ver una exposición de fotos sobre la última vez que el volcán entró en erupción (en 2006); una piedra gigante llamada la piedra del amor (con un corazón y cientos de turistas echándose fotos junto a ella) y un búnker, en el que la gente se escondía (y en teoría puede volver a esconderse) si el volcán volviera a entrar en erupción en cualquier momento. Durante nuestra visita tres cosas nos llamaron mucho la atención: la entrada al recinto (mirar foto justo arriba), lo bien que conducía nuestro conductor (de nombre Kaiou) y que nosotros, al ser europeos, eramos una atracción dentro de la atracción. Una familia indonesia llegada desde Yakarta nos pidió sacarse una foto con nosotros y éste fue el resultado:

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De vuelta a Yogya nuestro plan era visitar el Kraton o Palacio del Sultán (equivalente a un Ayuntamiento en cualquier ciudad europea), pero las cosas no salieron exactamente cómo las habíamos planeado. En el patio del Palacio había unos chavales jugando al fútbol y a nosotros nos apeteció integrarnos en la cultura local. Pedimos jugar y aceptaron encantados. Nunca he jugado tan presionado porque daba la sensación de que por ser españoles cada vez que tocábamos el balón teníamos que marcar un gol y, sinceramente, ninguno de nosotros era un crack pegándole patadas a la pelota. El tema es que después unos 30-40 minutos jugando descalzos en el patio del Palacio del Sultán fuimos a entrar pero ya era demasiado tarde. Creo que cerraban a las 19:00…y eran las 18:55. Volvimos a casa, tomamos más batido y descansamos porque el día había sido agotador.

IMG-20170705-WA0013Echando un fútbol en el Palacio del Sultán después de hacer amigos en Yogyakarta

Al ser Indonesia un país en el que la mayor parte de la población es musulmana por las noches tenía lugar un ritual que a los turistas no nos alegraba especialmente. A eso de las 04 de la mañana el imán llamaba a los fieles a la oración y desde cualquier lugar de la ciudad se escuchaban sus palabras. Imagino que sería porque los altavoces de las mezquitas estaban autorizados para que la llamada a los fieles fuera a todo volumen. No sé donde estaba la mezquita más cercana, pero sí sé que a las cuatro de la madrugada si no estás en el Borobudur deberías estar descansando.

En nuestro tercer y último día en Yogyakarta optamos por visitar El Castillo del Agua, un jardín de recreo del Sultán de Yogya, levantado en 1758 y reformado recientemente tras años de abandono. Allí, entre jardines y piscinas, puedes comprar batiks y admirar los retratos de los sultanes que han gobernado la ciudad desde que el país consiguió independizarse de Holanda. La puerta de entrada estaba cerrada a última hora de la mañana pero un simpático guía llamado Anto nos introdujo en este maravilloso lugar por la puerta de salida (gratis total) y después de acompañarnos durante todo el viaje y explicarnos de qué iba todo aquello (en inglés) nos pidió a cada uno 15000 rupias (1 euro) por sus servicios.

Una vez visitado el Palacio del Agua tomamos un trishaw hasta el “Museo de las Aves”, donde vivimos la experiencia más triste de todo el viaje. Y acierto al decir triste y no usar otro adjetivo porque aquello, que creíamos que era un lugar lleno de aves exóticas, más bien era un mercadillo de animales vivos. En Indonesia (al igual que en otros países de la cultura oriental) hay gente que come carne de perro así que allí vimos enjaulados a varios perros cuyo destino era terminar en el estómago de alguien. Os juro que no he visto caras con mayor tristeza en toda mi vida. Prácticamente cualquier animal que te puedas imaginar estaba allí, a la venta por un módico precio. Perros, gatos, monos, escarabajos, búhos, pájaros de distintas especies en condiciones higiénicas deplorables (a 10 céntimos de euro cada pájaro)… Un horror. Os recomiendo que si os gustan los animales evitéis este sitio porque pasaréis un mal rato. Cuando salimos de allí y empezaba a anochecer nos fuimos al centro de la ciudad para tomar nuestra última cena en Yogya en la calle más famosa: Malioboro. Hay bastante variedad de sitios para cenar, pero nos apetecía hacerlo en un italiano y sufrimos para encontrar algo parecido a un restaurante en el que nos pusieran pasta. La comida estaba rica, aunque tardaron en servirla. El precio era “un poco caro” (30-40.000 rupias por cada plato) para tratarse de un restaurante de Yogyakarta. Fue nuestra última noche en un lugar increíble, en el que a pesar de la majestuosidad de sus templos lo que más te va a enamorar es la amabilidad de sus gentes. Y quizá también su batido de chocolate. Unas horas más tarde tomaríamos el avión hacia nuestro siguiente destino: la isla de Bali.

Conclusión: A Yogyakarta la llaman “el alma de Indonesia” y no sin razón. La amabilidad de sus gentes es lo mejor de una ciudad pobre, en la que mucha gente intenta vivir con lo que deja el turismo y en la que, precisamente por eso, es relativamente fácil encontrar vehículo para moverte a sus dos principales templos: Prambanan (hinduista) y Borobudur (budista). Lo mejor es que te lleven y, sobre todo si eres europeo, no te arriesgues a conducir en un lugar en el que la carretera tiene sus propias reglas. El Palacio del Sultán y El Castillo del Agua también son lugares muy visitados en los que merece la pena hacer una parada. No puedo dejar de recomendar su batido de chocolate.

Próximo destino: Bali y las Islas Gili

Libros viajeros

Es posible viajar sin salir de casa. Las películas y las canciones te pueden transportar a otro momento o a otro lugar, pero sin duda pocos entretenimientos y pocos viajes desde casa tan placenteros como el que se produce cuando tienes un libro en las manos.

La literatura de viajes ha dado muchas y muy buenas obras y en el apartado de recomendaciones hoy os traigo esta sección de Libros viajeros seleccionados por los compis de la web Un viaje emocionante. Te aconsejo que les eches un vistazo haciendo click aquí.

Hoy conocemos: Dubai

Dubai quizá sea la ciudad de Oriente Medio más abierta y más segura para cualquier turista. A pesar de que los Emiratos Árabes Unidos están cerca de países en los que los conflictos sociales están a la orden del día (Siria, Irak, Irán o Yemen) esta antigua ciudad en mitad del desierto se está convirtiendo en una de las urbes más populares para las clases medias-altas por su vertiginoso crecimiento económico (gracias al petróleo) y también por ser la sede de la empresa Emirates Airlines, que tiene allí su sede y conecta a miles de pasajeros que deciden volar alrededor del globo.

En mi caso yo fui uno de estos pasajeros que pisó Dubai porque el avión hacía escala allí. Mi estancia no superó las 24 horas, pero intenté que me diera tiempo a conocer lo máximo posible, como os cuento a continuación. Al buscar en internet puedes encontrar información que te haga dudar sobre lo cómoda que será tu estancia en un país en el que, por ejemplo, está prohibido ser gay. Sin embargo, me da la sensación de que Dubai no quiere ningún problema ni con los turistas ni con los ciudadanos y que, al ser aquella una cultura más cerrada que la occidental, basta con no ser demasiado “apasionado” con las muestras de cariño en público hacia tu pareja, sea del sexo que sea.

El caso es que en Dubai ni te sientes especialmente vigilado, ni intimidado, ni inseguro. Lo que más destaca cuando llegas es esa alta temperatura (siempre más de 30º) y esa alta humedad que te encuentras en una ciudad que, conviene no olvidarlo, hasta hace nada era un poblado en mitad del desierto.

El crecimiento económico ha posibilitado que muchos jeques inviertan en la construcción de grandes edificios (nos encontramos ante una metrópoli que creo que no debe envidiar mucho a Chicago o NY) y que la clase media subsista principalmente gracias al sector servicios. Cuando reservé una noche en uno de los hoteles más económicos que encontré con desayuno incluido (el Sun City) me obsequiaron con un vale-descuento que era una invitación a pasar un día de ensueño. Ni me lo creí entonces ni me lo creo ahora. Es posible que para captar tu atención el Gobierno de los EAU tenga un detalle contigo como el que en su día tuvo conmigo, algo que paso a explicaros a continuación.

El citado vale me permitía la entrada gratuita en más de 50 atracciones o lugares de interés. Seleccioné los 2-3 que más se ajustaban a mi horario y me quedé con ganas de aprovechar el resto, atracciones entre las que -por ejemplo- se encontraba participar en un Rally gratis total a través del desierto de Abu Dhabi.

El caso es que cuando llegué y salí del aeropuerto quise dirigirme hacia mi hotel en bus, que seguramente era la manera más económica. Ahora bien, el sistema de compra de billetes era un poco (bastante) caótico y las máquinas a las 02:00 de la madrugada estaban cerradas así que había dos opciones: colarse (y arriesgarse a pagar las consecuencias) o tomar un taxi. Elegí lo segundo, pensando en mi seguridad. El conductor, de unos 40-45 años, era un tipo serio y sin mucha conversación pero muy profesional en lo suyo, que era de lo que se trataba.

Después de dormir alrededor de seis horas bajé a tomar el desayuno y lo que más me sorprendió fue el éxito que tiene la sandía en aquel país y el sabor tan raro que tenía la leche, que te daban la opción de mezclarla con cereales o tostadas de mantequilla (muy occidental todo). La leche era “Milk”, lo que no especificaban por ningún sitio era que tipo de milk. Más tarde, cuando ya estaba en mi estómago, descubrí que no era leche de vaca sino leche de camello, que es la que consumen por allí. Así que cuando vayáis a desayunar ya sabéis porque el sabor de la leche es un poquito raro.

Junto a mi hotel estaba el Gran Museo de Dubai (gratis), un centro en el que te explican la evolución de la ciudad y tal. Interesante si vas sobrado de tiempo. Como no era mi caso me monté en uno de esos autobuses turísticos de dos plazas que costaba 50 euros (gratis con mi vale) y en el que, después de unos primeros minutos sofocantes por la calor que hacía, terminé descubriendo que las botellas de agua eran gratuitas para todos los clientes.

Este bus (no recuerdo el nombre de la empresa, pero era amarillo y rojo granate) tiene tres líneas que se conectan en ciertas paradas y te llevan hasta TODOS los lugares imprescindibles de Dubai. Me atrevería a decir que si acaso no podéis conseguir un vale como el mío, merece la pena invertir 50 euros en ahorrar un montón de tiempo (el billete es valido creo que 24h) a la hora de desplazarse entre un sitio y otro.

IMG_20170703_103054Entrada al Museo de Dubai

El citado bus me paseó por el Puerto de Dubai, gracias a sus audios supe lo que eran los dowls y también pasamos por un espectacular Centro Comercial Egipcio formado por cientos de tiendas y un Hotel, que parecía estar situado en mitad de El Cairo. Habrá muchos momentos en los que visitando Dubai sientas que estás en un parque de atracciones.

Me bajé en la parada del Burj Khalifa, el rascacielos más grande del mundo con sus 828 metros. Hay un mirador en la planta 124 al que suben todos los turistas para tomar unas fotos espectaculares. Están todas en internet y si vas justo de tiempo, como era mi caso, subir hasta la planta 124 del edificio más alto del mundo, guardar cola para entrar al mirador y luego bajar desde la citada planta no es la mejor idea. Si vais bien de pasta y queréis guardar menos cola en la planta 148 he leído que han abierto otro mirador llamado “At the Top Sky”. Hay unos cuantos metros de diferencia entre uno y otro y muchos Durhams (la moneda de allí), por lo que insisto: es tontería subir si tu presupuesto es low cost.

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Defendiendo el Burj Khalifa, el edificio más grande del mundo

Después de ver la maravillosa estructura del Burj Khalifa y el recinto que lo rodea (con una escultura dedicada a la paz entre los pueblos que está bastante bien), me dispuse a entrar al Dubai Mall, que no es otra cosa que el centro comercial más grande del mundo. Puedes ir a comprar (hay de todo) o a ver lo que allí se expone junto al resto de la gente, puesto que en una ciudad con las temperaturas tan altas resulta complicado ver a la gente andando por la calle con el sol salido.

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Dentro del Dubai Mall entré al Dubai Aquarium que, oh sorpresa, también está considerado el Acuario más grande del mundo desde que abrió sus puertas en 2008. La cantidad de especies que conviven allí es enorme (70 según he leído en internet), siendo el tiburón blanco la que más me llamó la atención. Existe la posibilidad de nadar con los peces a un precio que para mí es prohibitivo y también existe la opción de hacer un tour por la zona más alta del acuario (lo que vendría a ser como navegar por el mar) con un cristal en la parte inferior del barco que te permite ver los peces que hay bajo tus pies. Esta opción está bastante bien, su precio es normal (120 DIR si no me falla la memoria) y después puedes visitar una especie de zoológico con muchas especies de pájaros, ranas, etc. Al final de tu visita te ofrecerán la posibilidad de comprar un libro con fotos que te han ido tomando junto a los bichos y explicaciones sobre quienes son, cual es su estilo de vida, etc etc. Es un producto interesante que, al igual que las fotos de los parques de atracciones, puedes llevarte a casa por un precio medio/alto o rechazar su compra amablemente.

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Selfie bajo las rayas, los tiburones y un buen número de pescaos varios

Todo aquel que pasa por Dubai si tiene pasta se hospeda en el Atlantis The Palm (uno de los hoteles más lujosos del mundo y que vale la pena solamente acercarse a él sin pagar), si tiene tiempo se echa una foto junto al Burj Al Arab (el famoso hotel de 7 estrellas con forma de vela) y/o se deja caer por Palmera Jumairah, un conjunto de islas artificiales alrededor de la ciudad a las que puedes acceder en barco, helicóptero o saltando en paracaídas. En resumen, toda una experiencia.

Como yo no andaba muy sobrado de tiempo cuando vi el Dubai Mall y una pequeña parte de sus 300 rascacielos volví al Hotel para recoger el equipaje y marchar en dirección al aeropuerto. Lo descrito en el párrafo anterior lo vi desde el interior del avión, desde donde puedes apreciar que lo más carasterístico de esta ciudad llena de lujo y paisajes imposibles es que está a medio construir. Y es que hay muchos rascacielos en construcción y muchas zonas en las que, desde el aire, es fácil intuir que se construirán edificios en no mucho tiempo.

Conclusión: Por supuesto que visitar Dubai merece la pena. Si vuelas con Emirates y haces escala allí no te lo pienses. Verás mucho lujo a tu alrededor y también muchos inmigrantes, trabajando para levantar una ciudad que no le cierra las puertas a nadie. No es un defecto ni nada malo, solo una evidencia: visitar Dubai en 2018 (o 2019) no será lo mismo que visitarla cinco años más tarde. Y es que esta ciudad está en constante crecimiento.

Próximo destino: Isla de Java (Indonesia)

Qué ver en Tokio

Japón es uno de los países más ricos del mundo y también de los más seguros. Su cultura, su pasión por la tecnología y por el manga hacen de su capital, Tokio, uno de los destinos más atractivos del planeta.

En la sección de recomendaciones semanales comparto con vosotros este post del blog Futviajero en el que os recomienda cuales son los lugares imprescindibles que hay que ver en Tokio. Puedes leerlo pinchando aquí.